José Luis Zárate
SIN TÍTULO
El amor de las sirenas siempre es profundo.
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| Bagdad Hervé Machelidon |
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| Ilustración de Charli Thomas |
Conozco a esa mujer. Vivía rodeada de pájaros en la avenida Lenox. También conozco a su marido. Se encaprichó de una chiquilla de 18 años y le dio uno de esos arrebatos que te calan hasta lo más hondo y que a él le metió dentro tanta pena y tanta felicidad que mató a la muchacha de un tiro solo para que aquel sentimiento no acabara nunca. Cuando la mujer, que se llama Violet, fue al entierro para ver a la chica y acuchillarle la cara sin vida, la derribaron al suelo y la expulsaron de la iglesia. Entonces echó a correr, en medio de toda aquella nieve, y en cuanto estuvo de vuelta en su apartamento sacó a los pájaros de las jaulas y les abrió las ventanas para que emprendiesen el vuelo o para que se helaran, incluido el loro, que decía: “Te quiero”.
Se recortaba las uñas de los pies la noche del viernes como una preparación para los días de descanso. Pero luego no bastó con recortarlas y pulirlas: había necesidad de pintarlas, y todos los días. Probó tonos y marcas de esmalte hasta el hastío, aunque lo dominaba el temor de que alguien le gritara quítese los zapatos, quítese los calcetines, y se riera de sus uñas pintadas como un día, años atrás y en el salón de clase, treinta bocas habían escupido sus pies mugrientos y malolientes. Casi sin proponérselo, después de una película fantástica, se pintó las uñas de las manos antes de acostarse. Asaltado por la dicha, pasó el montoncito de algodón empapado de removedor por cada una de las diez uñas esa primera mañana del resto de su vida. Decidió ser libre. Cada noche aseguró las ventanas y la puerta y durmió como una paloma, con sus veinte uñas pintadas, hasta la noche en que se derrumbó el edificio y entre los escombros de la ciudad revuelta, con su peluca rubia y las pestañas postizas, con todo lo demás, lo tomaron por una hermosa mujer.
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| Darío Morales |