Pedro Páramo (1955)
Pedro Páramo (1955)
1
Una mujer salió desnuda a la calle y quienes la miraron, hombres y mujeres, fueron condenados a muerte.
2
Apedrearon a la mujer y volvieron a casa a esconder sus propios pecados.
3
Una voz le ordenó a Abraham matar a su hijo y ninguna voz se lo impidió.
30 de marzo de 2026
No sé si escribir la fábula de la paloma, el tigre y la rata o esperar a ver qué pasa. ¿A quién elegirán los animales de la selva? La decisión se acerca.
El tigre, por supuesto, tiene todas las ventajas, pero nada asegura su reinado. El último gobernante, el imponente león, fue devorado por las hienas, que no votarán en esta ocasión. La mayoría murió y el resto se esconde.
La paloma promete la unión y la prosperidad, pero una cosa es prometer y otra cumplir. El tigre puede destruirla con un solo zarpazo. Todo puede esperarse del tigre. Ha pasado muchos años esperando la oportunidad. Solamente un imbécil se asociaría con el tigre.
De la rata no se puede decir nada bueno. Las malas lenguas le atribuyen la muerte del león. No se ha probado nada. Ninguna hiena ha confesado. Se ríen de los torturadores y mueren.
Con la rata o el tigre, digan lo que digan, las trampas y el miedo seguirán reinando. En otras palabras, seguiremos tal cual, como en los tiempos del león. Los partidarios de la paloma, aunque reconocen la locura y la insensatez, se niegan a darse por vencidos. Saben que no pueden asociarse ni con el tigre ni con la rata y se niegan a admitir que, en el fondo, siempre nos han gobernado las hienas. Cada vez son menos y algunos prefieren la clandestinidad.
La paloma, por supuesto, no duerme tranquila. Se le caen las plumas de tanta preocupación. No se atreve a decirle a nadie que unas veces sueña que las garras del tigre la despedazan y otras que las hienas salen de sus escondites.
12 de marzo de 2026
Al final del día regresa Abraham a casa, solo y con las ropas manchadas de sangre, y su mujer, al verle, le pregunta: “Dónde está nuestro hijo?”
4 Y fue Sansón y cazó trescientas zorras, y tomó teas, y juntó cola con cola, y puso una tea entre cada dos colas. 5 Después, encendiendo las teas, soltó las zorras en los sembrados de los filisteos, y quemó las mieses amontonadas y en pie, viñas y olivares.
JUECES XV, 4-5
ÁYAX

Lo dejaría todo aquí: los valles, los montes, los caminos y los arrendajos de los jardines, dejaría aquí a los pavorreales y los padres, el cielo y la tierra, primavera y otoño, dejaría aquí las salidas, el anochecer en la cocina, la última mirada amorosa, y todas las direcciones hacia la ciudad que te hacen temblar: dejaría aquí el espeso crepúsculo cayendo sobre la tierra, la gravedad, la esperanza, el encanto, y la tranquilidad, dejaría aquí a aquellos amados y a aquellos cercanos a mí, todo lo que me ha tocado, todo lo que me ha impactado, todo lo que me ha fascinado y elevado, dejaría aquí lo noble, lo benévolo, lo placentero, y lo demónicamente bello, dejaría aquí a la flor brotando, cada nacimiento y existencia, dejaría aquí el encantamiento, el enigma, las distancias, la intoxicación de eternidades inagotables; porque aquí dejaría esta tierra y estas estrellas, porque no llevaría nada conmigo, porque ya vi lo que viene, y de aquí no necesito nada.
Triunfo Arciniegas
CONVERSACIÓN DE HOSPITAL I
26 de septiembre de 2025
Esta madrugada, en el cuarto de al lado, se murió un señor que estuvo en esta cama antes de mi llegada.
-Qué -pregunto-. Estaba muy cuchito.
-No -me dice la enfermera-. De la edad suya.
Pocos sabíamos que lo iban a matar el 4 de agosto haciendo su entrada a la antigua plaza de toros. Mi tarea no era acabar con él sino con el estúpido muchacho contratado. Lo vi llegar, pálido y decidido, y me mantuve a una distancia prudente. Las cámaras pululan como piojos. No me gusta que me registren, además: con esta cara de sapo destrozada por el acné. Soy chiquito y medio bizco y, por lo mismo, invisible.
Lo hizo pronto, de inmediato: tres tiros y echó a correr, con el arma en la mano. Para su desgracia y dicha mía. Ni siquiera vi caer al candidato. Perseguí al sicario y le disparé a la cabeza, amparado por el uniforme, y se derrumbó como un costal de papas. No alcanzó a decir ni su nombre. Aparté el arma con el pie y le decomisé el celular.
El pánico es tal que todo mundo se queda como un idiota, maniatado por el asombro. Luego ven las numerosas grabaciones para entender los hechos.
Aunque la ambulancia estaba a unos doscientos pasos, no había nada que hacer. El conductor fue grabado encendiendo un cigarrillo en el momento de los disparos, porque acá graban hasta la cagada de un perro. El pobre no tiene nada que ver. Arrojó el cigarro, encendió la máquina y, sin atropellar a nadie, se fue acercando a los hombres que traían al candidato más muerto que vivo.
Me van a condecorar. Lástima que deba renunciar pronto a la institución y perderme del mapa. Entregué otro celular, por supuesto, y eché el discurso de la democracia, las palabras bonitas que me hicieron memorizar, qué bien escribe esta gente. Y ni una entrevista más. El dinero que me esperara es demasiado como para disimularlo con el pinche oficio de policía: nos vamos. Mi mujer anda ilusionada con la casita junto al mar. No le gusta que beba tanto, pero debo aliviar un poco la cosa: la viuda del candidato y los pequeños hijos, la viuda tan bonita y los niños tan rubios, el escándalo de la sangre en el auto blanco, las palabras de la madre del imbécil sicario, tantas lágrimas. El aire del mar me hará provecho. Ya le encontramos escuela a los niños.
5 de septiembre de 2025
Volverá a las calles dentro de siete años, apenas veintiañero, y seguirá ejerciendo su oficio.
Les prestamos el cuerpo porque nos dio pesar y nos pareció que su dolor era más profundo que el nuestro. Nada más feo que un velorio sin muerto. Pierde su gracia. Hay que tener al finado presente para llorarlo a gusto. Si no, como que uno no se cree el cuento. Como cuando alguien cuenta que está enfermo pero no revela de qué.
Así que les prestamos el muerto. Con las debidas advertencias. Pero no. Lo devolvieron tarde, despelucado, descompuesto. Ni tuvimos tiempo para las últimas lágrimas porque nos fuimos corriendo al cementerio. La corbata no apareció. Ni el anillo. Que cuál anillo, que cuál corbata, dijeron los desagradecidos. Estaban tan borrachos que nos dio pereza seguir reclamando.
Lo peor es que pierde uno la confianza en la gente. Con qué animo les presta uno un muerto la próxima vez.
28 de agosto de 2025
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