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miércoles, 2 de marzo de 2022

Isaak Bábel / Venganza




Isaak Bábel
VENGANZA

Me abro paso hacia Leschniuf, donde se encuentra el estado mayor de nuestra división. Mi acompañante es el joven cosaco Prischchepa, vagabundo impenitente, comunista expulsado del que nacerá un contrarrevolucionario, un adicto de la sífilis y un embustero simpático. Lleva un capote grosella de paño ligero y un baschlyk de pluma que le cae hasta la espalda. En el camino me habla de él. Jamás olvidaré su historia.

Hace un año Prischchepa desertó de los blancos. Éstos, en venganza, tomaron a sus padres de rehenes y los asesinaron. Los vecinos cargaron con todos los bienes paternos. Cuando los blancos fueron expulsados de Kuban, Prischchepa volvió al pueblo natal.

Era una mañana, antes de la salida del sol. El aire tenía la acidez cálida del sueño de los campesinos. Prischchepa cogió un carro militar y recorrió el pueblo buscando gramófonos robados, cubas de kvass y los pañuelos bordados por su madre. Pasaba por la calle con un capote de paño negro y su sable curvo al cinto. El carro le seguía lentamente. Prischchepa iba de un vecino a otro, y sus suelas dejaban una huella sangrienta. En todas las isbas donde el cosaco encontró cosas de su madre o pipas de su padre, dejó viejas asesinadas, perros colgados encima de los pozos, iconos manchados con porquería. Los habitantes del pueblo fumaban sus pipas y seguían con turbia mirada el camino de Prischchepa. Los jóvenes cosacos huían a la estepa y contaban las víctimas. La suma iba creciendo; sin embargo, el pueblo callaba. Cuando Prischchepa terminó, volvió a la vacía casa paterna; allí colocó los muebles recuperados como los recordaba de su niñez, y mandó a buscar vodka. Se encerró en la isba, bebió dos días y dos noches, cantó, lloró y golpeó la mesa con el sable. La tercera noche el pueblo vio humo sobre la isba de Prischchepa. Achicharrado, deshecho, sin poder mover apenas las piernas, sacó la vaca del establo, le apuntó con el revólver al hocico y disparó. La tierra humeaba bajo él; un anillo de fuego azul salía por la chimenea y se desvanecía; en el establo se oía el bramido de los bueyes abandonados. El incendio resplandecía como un domingo. Prischchepa desató el caballo, saltó a la silla, se arrancó un mechón de pelos, los arrojó al fuego y se alejó al galope.

Isaak Bábel
Caballería roja


lunes, 28 de febrero de 2022

Isaak Bábel / El cementerio de Kosin

 


Isaak Bábel
EL CEMENTERIO DE KOSIN

El cementerio de una pequeña ciudad judía: Assyria. Y el misterioso umbral del Oriente en los campos volinios, plagados de cizaña…

Piedras grises talladas, con inscripciones de trescientos años. Relieves toscos cincelados en el granito. Un pez y un cordero sobre una calavera. Rabinos con gorros de piel. Las caderas estrechas de los rabinos están ceñidas con correas. Y bajo sus rostros ciegos se retuerce la línea de piedra de sus barbas ondulantes. A un lado, debajo de una encina partida por un rayo, la cúpula funeraria del rabino Asriel, a quien mataron los cosacos de Bogdan Chmelnitski. Cuatro generaciones yacen en esa sepultura, miserable como la choza del aguador. En la lápida, enverdecida de musgo, se entona una plegaria beduina y palabrera:

Asriel, hijo de Chanaías, labio de Jehová.

Elías, hijo de Asriel, cerebro que recogió el desafío con el olvido.

Wolf, hijo de Elías, príncipe que fuiste arrebatado a la Tora en la decimonovena primavera.

Jehuda, hijo de Wolf, rabino de Cracovia y de Praga.

¡Oh Muerte, oh ladrona codiciosa y voraz! ¿Por qué no nos perdonaste siquiera una vez?

Isaak Bábel
Caballería roja