Mostrando entradas con la etiqueta Borges. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Borges. Mostrar todas las entradas

martes, 13 de mayo de 2025

Borges / Sobre la facilidad del suicidio

 



Jorge Luis Borges
SOBRE LA FACILIDAD DEL SUICIDIO

Hay una historia que me contaron, parece que ocurrió en un café de la calle Bolívar, en el barrio Monserrat. Allí iban todos malevos. En el mostrador estaba un individuo que decía que tenía una mujer que lo engañaba, que él estaba muy solo y que pensaba matarse. Otro, que lo escuchaba, dijo: ‘Mira, cuando uno habla tanto de suicidio no lo hace. Suicidarse es mucho más fácil’. Entonces sacó su revólver y se pegó un tiro.



jueves, 18 de junio de 2020

Borges / Abel y Caín


Cain and Abel- The Duality of Man' | Pinturas, Cain y abel, Arte

viernes, 27 de mayo de 2016

Borges / Pájaro


Jorge Luis Borges

PÁJARO

A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie; un pájaro anidaba en su pecho.


Jorge Luis Borges
"El inmortal"
El Aleph
Alianza Emecé, Madrid, 1981, p. 22





jueves, 13 de diciembre de 2012

Borges / Adivino



Jorge Luis Borges
ADIVINO

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado...




lunes, 10 de diciembre de 2012

Borges / La trama



Jorge Luis Borges

LA TRAMA


Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
   Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.






viernes, 7 de diciembre de 2012

Borges / El degollador



Jorge Luis Borges
EL DEGOLLADOR

Nadie se acuerda de la quema de las iglesias, ni del asesinato de Juan Duarte, ejecutado por orden de Perón. Yo no puedo hablar con imparcialidad; mi madre, mi hermana y mi sobrino estuvieron en la cárcel. A mí me echaron de un puesto mínimo que ocupaba en una biblioteca de las afueras. Un detective me seguía a todos lados. Al final nos hicimos amigos y él me dijo: “Discúlpeme, Borges, pero yo tengo que ganarme la vida”. Entonces, para consolarlo, le conté que mi padre había conocido a un viejo soldado, degollador de oficio —un buen hombre que cumplía con su deber—, y procedía siempre de la misma manera. Los prisioneros estaban sentados en el suelo con las manos atadas a la espalda. El degollador se les acercaba, les daba una palmadita en el hombre y les decía: “Ánimo, amigo, más sufren las mujeres cuando paren”. Luego los degollaba rápidamente, de un solo tajo. Parece que era casi indoloro…  


Esteban Peicovich
El mundo según Borges, el palabrista
Bogotá, Icono, 2011.
Páginas 124 y 125


martes, 4 de diciembre de 2012

Borges / Mala suerte


Jorge Luis Borges
MALA SUERTE

Chang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte de matar dragones y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de ejercerlo.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Jorge Luis Borges / Episodio del enemigo

Archivo:El zapatero de viejo (Domingo Marqués).jpg
El zapatero viejo, 1870 - 1875
Francisco Domingo Marqués
Museo del Prado, Madrid
Jorge Luis Borges
EPISODIO DEL ENEMIGO

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Entonces me dijo con voz firme:
-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa -le contesté.
-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.
Y así lo hice.