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martes, 6 de mayo de 2014

Marguerite Duras / La mujer de Marcel


Marguerite Duras

LA MUJER DE MARCEL

Soy de lo más bajo de la sociedad, soy la mujer de Marcel. Marcel está en las fábricas vecinas. Antes de la guerra hacía motores de avión, ahora hace batidoras. Es un especialista; gana bastante. Sí. Gana lo suficiente, no tengo queja. Es un obrero. Hemos tenido tres hijos, dos murieron, el tercero también es un obrero, está casado. Tiene un niño de cuatro años. Yo soy la mujer de Marcel. No tengo ninguna especialidad. Llevo muy bien mi casa. Los compañeros de Marcel, cuando vienen por la tarde: «¿Dónde está Marcel?». Yo les digo: «Está en el sindicato». Entonces ellos dicen: «Volveré mañana…¿Qué tal?». «Bien.» Se van. ¿Por qué se iban a quedar? Yo no tengo nada que decirles. Soy la mujer de Marcel, aparte de eso no sé nada. El hijo viene los domingos: «Hola, mamá». Después habla con su padre. Yo hago la comida. La nuera habla con ellos, me ayuda, claro, pero no tenemos gran cosa que decirnos. Yo nunca he tenido gran cosa que decir.

Marguerite Duras
Cuadernos de guerra y otros textos
Ediciones Siruela, Madrid, 2008, p. 107







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sábado, 3 de mayo de 2014

Marguerite Duras / El retrato de mi madre

La madre de Marguerite Duras
Marguerite Duras
EL RETRATO DE MI MADRE
Traducción de Ana María Moix

Ya vieja, los cabellos blancos, también ella fue al fotógrafo, fue sola, se hizo fotografiar con su hermoso traje rojo oscuro y sus dos joyas, su largo collar y su broche de oro y jade, un trozo de jade engastado en oro. En la foto está bien peinada, ni una arruga, una imagen. Los indígenas acomodados iban también al fotógrafo, una vez en su vida, cuando veían que la muerte se aproximaba. Las fotos eran grandes, todas tenían el mismo formato, estaban enmarcadas en bonitos marcos dorados y colgaban cerca del altar de los antepasados. Toda la gente fotografiada, he visto a mucha, da casi la misma foto, su parecido era alucinante. No sólo es debido a que la vejez se parece sino también a que los retratos se retocaban, siempre, y de tal modo que las particularidades del rostro, si aún quedaban, se atenuaban.Los rostros se preparaban del mismo modo para afrontar la eternidad, aparecían engomados, uniformemente rejuvenecidos. Era lo que la gente deseaba. Éste parecido esta discreción— debía vestir el recuerdo de su paso a través de la familia, testimoniar la singularidad de éste y a la vez su efectividad. Cuanto más se parecían más patente debía resultar la pertenencia a la casta familiar. Además, todos los hombres llevaban el mismo turbante, las mujeres el mismo moño, los mismos peinados tirantes, hombre y mujeres el mismo traje de cuello alto. Todos presentaban el mismo aspecto que yo reconocería aún entre todos. Y ese aspecto que mi madre tenía en la fotografía del traje rojo era el suyo, era ése, noble, dirían algunos, y algunos otros, desdibujado.


Marguerite Duras
El amante
Barcelona, Tusquets, 1984, pp. 121- 122




jueves, 1 de mayo de 2014

Marguerite Duras / Mujeres de Saigon


Marguerite Duras
MUJERES DE SAIGON

Ya estoy advertida. Sé algo. Sé que no son los vestidos lo que hacen a las mujeres más o menos hermosas, ni los tratamientos de belleza, ni el precio de los potingues, ni la rareza, el precio de los atavíos. Sé que el problema está en otra parte. No sé dónde. Sólo sé que no está donde las mujeres creen. Miro a las mujeres por las calles de Saigón, en los puestos de la selva. Las hay muy hermosas, muy blancas, prestan gran cuidado a su belleza, aquí, sobre todo en los puestos de la selva. No hacen nada, sólo se reservan, se reservan para Europa, los amantes, las vacaciones en Italia, los largos permisos de seis meses, cada tres años, durante los que podrán por fin hablar de lo que sucede aquí, de esta existencia colonial tan particular, del servicio de esa gente, de los criados, tan perfecto, de la vegetación, de los bailes, de estas quintas blancas, grandes como para perderse en ellas, donde habitan los funcionarios durante sus remotos destinos. Ellas esperan. Se visten para nada. Se contemplan. En la penumbra de esas quintas se contemplan para más tarde, creen vivir una novela, ya tienen los amplios roperos llenos de vestidos con los que no saben qué hacer, coleccionados como el tiempo, la larga sucesión de días de espera. Algunas se vuelven locas. Algunas son abandonadas por una joven criada que se calla. Abandonadas. Se oye cómo la palabra las alcanza, el ruido que hace, el ruido de la bofetada que da. Algunas se matan.


Marguerite Duras
El amante
Barcelona, Tusquets, 1984, pp. 27- 28