miércoles, 17 de febrero de 2016

Juan José Arreola / El faro


Juan José Arreola
EL FARO

Lo que hace Genaro es horrible. Se sirve de armas imprevistas. Nuestra situación se vuelve asquerosa.
Ayer, en la mesa, nos contó una historia de cornudo. Era en realidad graciosa, pero como si Amelia y yo pudiéramos reírnos, Genaro la estropeó con sus grandes carcajadas falsas. Decía: "¿Es que hay algo más chistoso?" Y se pasaba la mano por la frente, encogiendo los dedos, como buscándose algo. Volvía a reír: "¿Cómo se sentirá llevar cuernos?" No tomaba en cuenta para nada nuestra confusión.
Amelia estaba desesperada. Yo tenía ganas de insultar a Genaro, de decirle toda la verdad a gritos, de salirme corriendo y no volver nunca. Pero como siempre, algo me detenía. Amelia tal vez, aniquilada en la situación intolerable.
Hace ya algún tiempo que la actitud de Genaro nos sorprendía. Se iba volviendo cada vez más tonto. Aceptaba explicaciones increíbles, daba lugar y tiempo para nuestras más descabelladas entrevistas. Hizo diez veces la comedia del viaje, pero siempre volvió el día previsto. Nos absteníamos inútilmente en su ausencia. De regreso, traía pequeños regalos y nos estrechaba de modo inmoral, besándonos casi el cuello, teniéndonos excesivamente contra su pecho. Amelia llegó a desfallecer de repugnancia entre semejantes abrazos.
Al principio hacíamos las cosas con temor, creyendo correr un gran riesgo. La impresión de que Genaro iba a descubrirnos en cualquier momento, teñía nuestro amor de miedo y de vergüenza. La cosa era clara y limpia en este sentido. El drama flotaba realmente sobre nosotros, dando dignidad a la culpa. Genaro lo ha echado a perder. Ahora estamos envueltos en algo turbio, denso y pesado. Nos amamos con desgana, hastiados, como esposos. Hemos adquirido poco a poco la costumbre insípida de tolerar a Genaro. Su presencia es insoportable porque no nos estorba; más bien facilita la rutina y provoca el cansancio.
A veces, el mensajero que nos trae las provisiones dice que la supresión de este faro es un hecho. Nos alegramos Amelia y yo, en secreto. Genaro se aflige visiblemente: "¿A dónde iremos?", nos dice. "¡Somos aquí tan felices!" Suspira. Luego, buscando mis ojos: "Tú vendrás con nosotros, a dondequiera que vayamos". Y se queda mirando el mar con melancolía.



sábado, 13 de febrero de 2016

Patricia Highsmith / El pequeño monstruo

Ilustración de Triunfo Arciniegas

Patricia Highsmith
EL PEQUEÑO MONSTRUO

Volvió a coger un libro. Cuando uno de los odiosos críos de cuatro años pasó corriendo por enésima vez junto a él, balbuciendo tonterías, Tom metió ligeramente un pie en el pasillo. El pequeño monstruo cayó de bruces y casi al instante empezó a chillar como un demonio. Tom fingió dormir. Una azafata aburrida se acercó al pequeño para ayudarle a levantarse. Tom vio que un hombre sentado al otro lado del pasillo hacía una mueca de satisfacción. Tom no estaba solo.

Lea, además

viernes, 12 de febrero de 2016

Max Aub / Invasión



Max Aub
LA INVASIÓN

Primero era el silencio. Nadie por la llanura. A la derecha, unos cerros bajos. No se veía nada que no fuese de todos los días. Todo normal, pero nadie respiraba como de costumbre. Nos ataban las exageraciones del temor. El ejército, presa fácil del miedo, no tenía más idea que huir. Los oficiales superiores no tenían fuerza para combatir los terrores y abandonaban todas sus funciones militares. Lo único que se les ocurría era enviar partes pidiendo refuerzos para salvar sus banderas y los tristes restos de un ejército destruido por el pavor. Prometían esperar, defenderse hasta morir. Mentían, sabiéndolo. La cobardía se enseñoreaba. Todo eran reuniones vanas.

El horizonte se movía. Surgían las terribles voces infernales:

—¡Estamos cercados!

Todos salían huyendo según sus medios.

Soy de los pocos que, desde cierta altura, ha visto adelantar el ejército enemigo. La impresión de advertir cómo se mueve y anda la tierra es irresistible. El pelo se eriza, las piernas de piedra. Todo se vuelve pasivo. La sensación del riesgo, de la inminencia del peligro incontenible, la amenaza de sentirse vencido sin remedio, de estar con el agua al cuello, paralizado, puede más que todo. Porque la muerte no basta para ellos. Son más. Todos nuestros artificios son inútiles: son más. La mortandad debió ser espantosa, pero pasan, adelantan: son más.

El pánico se retorcía en el aire, como una serpiente enorme, se lo llevaba todo por delante. Pavor, no ante lo desconocido, sino ante lo visible, lo palpable. Ojalá hubiera sido una fabulosa manada de bisontes. Pero esa humanidad fría avanzando, incontenible... Espeluzno invencible.

Yo las he visto, avanzan como un mar, recubriéndolo todo, a ras de tierra. Nada les detiene, menos el agua: pasan los ríos a nado, elegantemente, como si nada.

Todos acoquinados, inútiles, clavados por el horror, mutilados. La vergüenza, la timidez, la cobardía, los temores se anudan y machihembran. ¿Dónde meterse? ¿Quién no se amedrenta viéndolas progresar ininterrumpidamente? Y no tienen problemas de abastecimiento: teniendo hambre se entredevoran y siguen. Es el diablo. ¡Quiera Dios salvarnos!

Avanzan, se rebasan, progresan, renovando sin cesar la vanguardia. Nunca se rezagan, su movimiento progresa uniforme. Millones de cabezas, de ojos, de lenguas, ganando tierra, siempre idénticas, cubriendo cuanto se ve con sus ondulados cuerpos viscosos.

Contaminan la tierra, emponzoñan las mejores obras, revuelven el mundo, tronchan, arruinan estados, asuelan las más principales grandezas, destruyen, deshacen, anonadan, acaban. Progresan. Instrumentos de aniquilación, vuelven en nada, desbaratan, vencen cualquier hueste. Humillan.

Con las cabezas cortadas aún son capaces de matar.



domingo, 7 de febrero de 2016

Max Aub / Hablaba y hablaba...




Max Aub
HABLABA Y HABLABA...



Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro.





martes, 2 de febrero de 2016

Ana María Matute / El hijo de la lavandera



Ana María Matute
EL HIJO DE LA LAVANDERA

Al hijo de la lavandera le tiraban piedras los niños del administrador porque iba siempre cargado con un balde lleno de ropa, detrás de la gorda que era su madre, camino de los lavaderos. Los niños del administrador silbaban cuando pasaba, y se reían mucho viendo sus piernas, que parecían dos estaquitas secas, de esas que se parten con el calor, dando un chasquido. Al niño de la lavandera daban ganas de abrirle la cabeza pelada, como un melón-cepillo, a pedradas; la cabeza alargada y gris, con costurones, la cabeza idiota, que daba tanta rabia. Al niño de la lavandera un día lo bañó su madre en el barreño, y le puso jabón en la cabeza rapada, cabeza-sandía, cabeza-pedrus-co, cabeza-cabezón-cabezota, que había que partírsela de una vez. Y la gorda le dio un beso en la monda lironda cabezorra, y allí donde el beso, a pedrada limpia le sacaron sangre los hijos del administrador, esperándole escondidos, detrás de las zarzamoras florecidas.



martes, 26 de enero de 2016

Ana María Shua / 69



Ana María Shua
69

Despiértese, que es tarde, me grita desde la puerta un hombre extraño. Despiértese usted, que buena falta le hace, le contesto yo. Pero el muy obstinado me sigue soñando.



viernes, 22 de enero de 2016

Ana María Shua / La caricia perfecta


Ana María Shua
La caricia perfecta

No hay caricia más perfecta que el leve roce de una mano de ocho dedos, afirman aquellos que en lugar de elegir a una mujer, optan por entrar solos y desnudos en el Cuarto de las Arañas.


lunes, 18 de enero de 2016

Ana María Shua / Qué sueño

Fotografía de Helmut Newton

Ana María Shua
QUÉ SUEÑO

¡Qué sueño!, digo, desperezándome. ¿Qué sueño?, me pregunta mi interlocutor. El sueño que tengo, contesto yo. Es decir, usted.




viernes, 15 de enero de 2016

Ana María Shua / Artistas del trapecio

Fotografía de Karine Thevenau

Ana María Shua
ARTISTAS DEL TRAPECIO

No tengas miedo, volará, heredó nuestros genes, dice el artista del trapecio. Y desde el punto más alto lanza a su hija, un bebé todavía, por el aire, hacia los brazos de la madre aterrada e infiel. No debería temer: por las artes de su verdadero padre, el mago, la niña realmente vuela. O les hace creer que vuela.




sábado, 9 de enero de 2016

Jean Rhys / Garras


Jean Rhys
GARRAS


En cuanto le tocó, su corazón empezó a hinchársele hasta que le tocó la garganta. Se le hinchó y de él salían afiladas garras y las garras se le clavaban cada vez más profundamente.

«Dios mío», dijo ella y se levantó y descorrió las cortinas y vio la cara de él al sol. «Dios mío», dijo mirando su cara al sol y se arrodilló junto a la cama tomándole su mano entre las suyas sin hablar ni pensar ya.

Jean Rhys / El ruido del río



jueves, 7 de enero de 2016

Ana María Shua / Leones y domador


Ana María Shua
LEONES Y DOMADOR


Un grupo de leones se ha puesto de acuerdo en comprar un domador, pero tienen poco dinero. Todo lo que consiguen es un anciano desdentado (aunque con su dentadura postiza) que fuera domador de potros en su juventud. Se llama Francisco Nicomedes Rojas y es de Sunchales. Los leones rugen como si fueran feroces, el viejo hace restallar el látigo, hay que admitir que se lo ve adecuadamente frágil y aun así el público se fastidia. Les iría mejor con una jovencita rubia, de aspecto tímido, pero son demasiado caras, están ahorrando.

Ana María Shua
Fenomenos de Circo 
Páginas de espuma, 2011



lunes, 4 de enero de 2016

Ana María Shua / 100


Ana María Shua
100

Mientras Aladino duerme, su mujer frota dulcemente su lámpara maravillosa. En esas condiciones, ¿qué genio podría resistirse?

Ana María Shua en Casa de Citas


domingo, 3 de enero de 2016

Mario Sánchez Carvajal / Niñas



Mario Sánchez Carvajal

Niñas

Cuando éramos niños nos daba mucho asco y mucho miedo. Estaba viejo y solo. Vivía envuelto en harapos y apestaba a orines. Por ahí rumoreaban que se tragó a sus hijas y que por eso se había vuelto teporocho.

Una vez yo estaba formado en la cola de las tortillas y me llegó un olor asqueroso, como al camión de la basura. Me volví para ver de dónde emanaba aquella pestilencia y me topé con él. Lo vi a los ojos y sentí en la panza un vacío como si estuviera cayendo desde la azotea del edificio más alto de la ciudad, y casi me orino del susto cuando en el fondo, muy en el fondo de aquellos ojos rojos, alcancé a mirar un par de niñas pequeñas.

De La línea de las metamorfosis,
ganador del Premio Nacional de
Cuento Breve Julio Torri 2013






sábado, 2 de enero de 2016

Cristina Peri Rossi / 32


Cristina Peri Rossi
32


   L
a poseí a los ocho años en medio de nuestros juegos infantiles. Desde entonces no he dejado de hacerlo, con regularidad, durante tanto tiempo. Si llueve, la poseo despacio, para armonizar su rumor (el de sus piernas recogidas sobre la sábana) al de la lluvia que cae. Si el día es templado, la poseo con violencia para dejarla completa y terminada, como un cuadro.
                Entonces, a las ocho años, la tomé sin querer, estrechándola en un juego. Mi mano fue como un insecto horadando un laberinto. Y qué sorpresa de patios y desvanes. El premio fue el agua dulce que le manó entre las piernas y mojó las enredaderas, la enamorada del muro y las campánulas, como una lluvia inesperada y saludable. No he dejado nunca de beber en esa fuente: ella me ha ofrecido su jugo todos los días.
                A los ocho años yo le regalé una luciérnaga, y ella me dio una flor. La luciérnaga la conservó en una caja, junto a una rama de pino; la flor la guardé en las páginas de un libro, donde dibujó un redondel aroma. Desde que la poseí por primera vez a los ocho años no he dejado de hacerlo. A menudo ella me dice:
                -Me hubiera gustado que me poseyeras a los ocho años, en medio de nuestros juegos. Y que desde entonces no dejaras de hacerlo nunca, colocando tu suave mano sobre mi vientre, allí donde termina en hondonada. Y me hubieras alcanzado animales pequeños en sus cajas, como testimonio de tu amor y cubrieras mi cuerpo desnudo de hojas lanceoladas recogidas del jardín, que fueran dejándome por las estaciones de la piel su olor y su humedad. Sobre las cuales pasarías tu lengua, para arrancármelas, cuando ellas se me hubieran fijado al cuerpo.

                Entonces la vuelvo a poseer, como si tuviéramos ocho años.



viernes, 1 de enero de 2016

Jhumpa Lahiri / La madre de Shoba

Ilustración de Triunfo Arciniegas

Jhumpa Lahiri
BIOGRAFÍA
LA MADRE DE SHOBA


Desde septiembre el único invitado había sido la madre de Shoba. Llegó desde Arizona y se quedó con ellos dos meses después de que Shoba regresase del hospital. Cocinaba la cena todas las noches, manejaba hasta el supermercado, lavaba la ropa, la guardaba. Era una mujer religiosa. Tenía un pequeño altar, una imagen enmarcada de una diosa con cara color lavanda y un plato con pétalos de caléndula en la mesita junto a su cama en el cuarto de invitados, y dos veces al día rezaba pidiendo nietos saludables en un futuro. Era amable con Shukumar (el marido de Shoba) sin ser amistosa. Doblaba sus suéteres con la habilidad que había aprendido de su trabajo en una tienda departamental. Remplazó un botón en su abrigo de invierno y le tejió una bufanda azul y beige presentándosela a Shukumar sin ninguna ceremonia, como si sólo se le hubiera caído y no se hubiera dado cuenta. Nunca le hablaba de Shoba. Una vez, cuando él mencionó la muerte del bebé, dejó de tejer, lo miró, y le dijo “Pero tú ni siquiera estabas ahí.”

Fragmento de