lunes, 14 de enero de 2013

Raúl Brasca / La prueba



LA PRUEBA
Raúl Brasca

"Sólo cuando sea derribado tendrás a mi hija", había dicho el brujo. El hachero miró el tallo fino del árbol y sonrió con suficiencia. Un primer hachazo, formidable, marcó levemente el tronco. Otro, en el mismo lugar, apenas profundizó la herida. Bien entrada la noche, el hachero cayó exhausto. Descansó hasta el amanecer y hachó toda la jornada siguiente. Así día tras día. La herida se iba profundizando pero, a la par, el tronco engrosaba. Pasó el tiempo y el árbol se volvió frondoso; la muchacha perdió juventud y belleza. El hachero, a veces, alzaba los ojos al cielo. No sabía que el brujo conjuraba los vendavales, desviaba los rayos y alejaba las plagas que carcomen la madera. La muchacha encaneció y él seguía hachando. Ya casi no pensaba en ella. Poco a poco, la olvidó del todo. El día en que la muchacha murió no le pareció distinto de los anteriores. Ahora, ya viejo, sigue su pelea contra el tronco descomunal. No se le ocurre otra cosa: el silencio del hacha le produciría terror.


viernes, 11 de enero de 2013

Raúl Brasca / Ultima elección

Raúl Brasca

ÚLTIMA ELECCIÓN

El pez resuelto al suicidio evita veloz la red en la que moriría con sus compañeros, pasa de largo frente al anzuelo del pescador rutinario que hojea una revista y traga sin dudar el de un niño que recordará mientras viva los espasmos terribles de su asfixia.


martes, 8 de enero de 2013

Raúl Brasca / Felinos



Raúl Brasca
FELINOS

Algo sucede entre el gato y yo. Estaba mirándolo desde mi sillón cuando se puso tenso, irguió las orejas y clavó la vista en un punto muy preciso del ligustro. Yo me concentré en él tanto como él en lo que miraba. De pronto sentí su instinto, un torbellino que me arrasó. Saltamos los dos a la vez. Ahora ha vuelto al mismo lugar de antes, se ha relajado y me echa una mirada lenta como para controlar que todo está bien. Ovillado en mi sillón, aguardo expectante su veredicto. Tengo la boca llena de plumas.




sábado, 5 de enero de 2013

Raúl Brasca / Travesía



Raúl Brasca
TRAVESÍA

Caminaban a la par. Se habían jurado lealtad y que dividirían todo por mitades. Frente al desierto, igualaron el peso de sus alforjas y se internaron seguros. No los doblegaron la impiedad del sol ni el rigor de la noche y cuando se les acabó la comida repartieron el agua en partes iguales. Pero la arena era interminable. Paulatinamente, el paso se les hizo más lento, dejaron de hablar, evitaron mirarse. El día en que, con vértigo aterrador, sintieron que desfallecían, se abrazaron y, hombro a hombro, siguieron andando. Cayeron exhaustos al atardecer. Durmieron. Ya había amanecido cuando uno de ellos despertó sobresaltado: le faltaba parte de un muslo. El otro, que lo comía, continuó indiferente, terminó, volvió a tenderse, y como si completara un gesto irrevocable, atendió a la mano que su amigo le alargaba y le dio el cuchillo.





miércoles, 2 de enero de 2013

Raúl Brasca / Triángulo criminal


Ilustración de Virgie Pyrate

Raúl Brasca
TRIÁNGULO CRIMINAL

Vayamos por partes, comisario: de los tres que estábamos en el boliche, usted, yo y el “occiso”, como gusta llamarlo —todos muy borrachos, para qué lo vamos a negar— yo no soy el que escapó con el cuchillo chorreando sangre. Mi puñal está limpito como puede apreciar; y además estoy aquí sin que nadie haya tenido que traerme, ya que nunca me fui. El que huyó fue el “occiso” que, por la forma como corría, de muerto tiene bien poco. Y como él está vivo, queda claro que yo no lo maté. Al revés, si me atengo al ardor que siento aquí abajo, fue él quien me mató. Ahora bien, puesto que usted me está interrogando y yo, muerto como estoy, puedo responderle, tendrá que reconocer que el “occiso” no sólo me mató a mí, también lo mató a usted.


viernes, 28 de diciembre de 2012

Ramón Gómez de la Serna / La cleptómana



Ramón Gómez de la Serna
LA CLEPTÓMANA

Era poderosa y aristocrática, pero tenía la obsesión de las cucharillas.
Es esa una cleptomanía corriente, sobre todo en los palacios reales, y por eso hubo reyes que cambiaron las de oro por otras de similor, para evitar que se llevasen costoso "recuerdo de S. M".
Poseía cucharillas de los mejores hoteles del mundo, de las casas más nobles —con el escudo en el agarradero–, y hasta algunas arrancadas a las colecciones napoleónicas.
Un día, sin poder resistir mi curiosidad, le pregunté qué se proponía almacenando tantas cucharillas. Entonces la cleptómana me dijo en voz baja: 
—Vengarme del mundo... Dejarlo sin una cucharilla...Que muevan el café con tenedor.



martes, 25 de diciembre de 2012

Ramón Gómez de la Serna / La caracola

Caracol
Cartagena de Indias, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Ramón Gómez de la Serna
LA CARACOLA

Al ponernos al oído aquella caracola escuchábamos ruido de mar y gritos de náufragos.


sábado, 22 de diciembre de 2012

Luis Gonzali / Capitalismo



Luis Gonzali
CAPITALISMO

Empezó con diez ovejas. Las cuidaba, las contaba, y cuando no las ocupaba las guardaba en su establo. Después de un tiempo necesitó más, y para poder comprarlas empezó a vender la lana de las que ya tenía. Después de varios meses de mucho trabajo llegó a tener cincuenta. Por supuesto, tuvo que construir un establo más grande, invertir en infraestructura para trasquilarlas y en un par de pastores para cuidarlas.
   Sus vecinos empezaron a verlo con celo y envidia y él empezó a dudar de ellos. Es por eso que también invirtió en vigilancia: rejas electrificadas, cámaras de circuito cerrado, guardias de seguridad.
   Cuando llegó a tener doscientas, desconfiaba incluso de sus empleados. Es por eso que empezó a hacer guardias nocturnas. Escopeta en mano y con la convicción de que nunca perdería a ninguna, vigilaba escondido entre los arbustos: nunca nadie le iba a robar a las ovejas que contaba para dormir, aunque las tuviese que vigilar personalmente, aunque le costara el sueño de todas las noches.





miércoles, 19 de diciembre de 2012

Barry Gifford / Eclipse


Barry Gifford
ECLIPSE


Todo mundo sabe que los eclipses son producidos por un puma que devora al sol. Mi abuela boliviana decía que cuando hay eclipse es que el sol está enfermo. Mi gente, los quechuas, encienden fogatas para calentar la tierra, y los niños se ponen a gritar y pegan a las bestias con palos para que ahuyenten al puma con sus chillidos. 


Barry Gifford
El asunto de Sinaloa
Barcelona, Ediciones Destino, 1999, p. 21






domingo, 16 de diciembre de 2012

César Acosta / La búsqueda



César Acosta
LA BÚSQUEDA


Adolfo Ganett, famoso médico inglés del siglo pasado, tuvo una revelación maravillosa en su clínica de Londres: un enfermo le comunicó que había averiguado, en un sueño azul, que la muerte era solamente una infinita galería de retratos.
—Quien encuentre el suyo entre los millones de rostros desaparecidos— agregó el confidente —podrá reencarnar.
Ganett murió en 1895, en Escocia. En su lecho final, el rostro le sonreía con dulce misterio de quien espera emprender una gratísima búsqueda.



jueves, 13 de diciembre de 2012

Borges / Adivino



Jorge Luis Borges
ADIVINO

En Sumatra, alguien quiere doctorarse de adivino. El brujo examinador le pregunta si será reprobado o si pasará. El candidato responde que será reprobado...




lunes, 10 de diciembre de 2012

Borges / La trama



Jorge Luis Borges

LA TRAMA


Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.
   Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.






viernes, 7 de diciembre de 2012

Borges / El degollador



Jorge Luis Borges
EL DEGOLLADOR

Nadie se acuerda de la quema de las iglesias, ni del asesinato de Juan Duarte, ejecutado por orden de Perón. Yo no puedo hablar con imparcialidad; mi madre, mi hermana y mi sobrino estuvieron en la cárcel. A mí me echaron de un puesto mínimo que ocupaba en una biblioteca de las afueras. Un detective me seguía a todos lados. Al final nos hicimos amigos y él me dijo: “Discúlpeme, Borges, pero yo tengo que ganarme la vida”. Entonces, para consolarlo, le conté que mi padre había conocido a un viejo soldado, degollador de oficio —un buen hombre que cumplía con su deber—, y procedía siempre de la misma manera. Los prisioneros estaban sentados en el suelo con las manos atadas a la espalda. El degollador se les acercaba, les daba una palmadita en el hombre y les decía: “Ánimo, amigo, más sufren las mujeres cuando paren”. Luego los degollaba rápidamente, de un solo tajo. Parece que era casi indoloro…  


Esteban Peicovich
El mundo según Borges, el palabrista
Bogotá, Icono, 2011.
Páginas 124 y 125


martes, 4 de diciembre de 2012

Borges / Mala suerte


Jorge Luis Borges
MALA SUERTE

Chang Tzu nos habla de un hombre tenaz que, al cabo de tres ímprobos años, dominó el arte de matar dragones y que en el resto de sus días no dio con una sola oportunidad de ejercerlo.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Jorge Luis Borges / Episodio del enemigo

Archivo:El zapatero de viejo (Domingo Marqués).jpg
El zapatero viejo, 1870 - 1875
Francisco Domingo Marqués
Museo del Prado, Madrid
Jorge Luis Borges
EPISODIO DEL ENEMIGO

Tantos años huyendo y esperando y ahora el enemigo estaba en mi casa. Desde la ventana lo vi subir penosamente por el áspero camino del cerro. Se ayudaba con el bastón que en sus viejas manos no podía ser un arma sino un báculo. Me costó percibir lo que esperaba: el débil golpe contra la puerta. Miré, no sin nostalgia, mis manuscritos, el borrador a medio concluir y el tratado de Artemidoro sobre los sueños, libro un tanto anómalo ahí, ya que no sé griego. Otro día perdido, pensé. Tuve que forcejear con la llave. Temí que el hombre se desplomara, pero dio unos pasos inciertos, soltó el bastón, que no volví a ver, y cayó en mi cama, rendido. Mi ansiedad lo había imaginado muchas veces, pero sólo entonces noté que se parecía, de un modo casi fraternal, al último retrato de Lincoln. Serían las cuatro de la tarde.
Me incliné sobre él para que me oyera.
-Uno cree que los años pasan para uno -le dije-, pero pasan también para los demás. Aquí nos encontramos al fin y lo que antes ocurrió no tiene sentido.
Mientras yo hablaba, se había desabrochado el sobretodo. La mano derecha estaba en el bolsillo del saco. Algo me señalaba y yo sentí que era un revólver.
Entonces me dijo con voz firme:
-Para entrar en su casa, he recurrido a la compasión. Lo tengo ahora a mi merced y no soy misericordioso.
Ensayé unas palabras. No soy un hombre fuerte y sólo las palabras podían salvarme. Atiné a decir:
-En verdad que hace tiempo maltraté a un niño, pero usted ya no es ese niño ni yo aquel insensato. Además, la venganza no es menos vanidosa y ridícula que el perdón.
-Precisamente porque ya no soy aquel niño -me replicó- tengo que matarlo. No se trata de una venganza, sino de un acto de justicia. Sus argumentos, Borges, son meras estratagemas de su terror para que no lo mate. Usted ya no puede hacer nada.
-Puedo hacer una cosa -le contesté.
-¿Cuál? -me preguntó.
-Despertarme.
Y así lo hice.