jueves, 7 de abril de 2011

Gonzalo Arango / La monja y el río


Fotografía de Zena Holloway

Gonzalo Arango
LA MONJA Y EL RÍO

Nunca pude escribir la historia de esa monjita de Pereira  que me contó el doctor Uribe. Era sobre una niñita que había quedado huérfana a los dos años, y desde entonces vivía enclaustrada en el convento, sin ver el mundo. Ahora tenía veinte, y estaba enferma, y quizá iba a morir. Al convento sólo podía entrar un hombre, y eso en casos desesperados. Ese hombre era mi amigo, el médico, una especie de patriarca, el único mortal con licencia para penetrar en aquellos muros inexpugnables. Cuando examinó a la monjita en su lecho, ella tenía el rostro oculto tras un velo negro, como usan las mujeres en Oriente. A través del velo se podía adivinar una belleza lánguida que lentamente se extinguía en la fiebre. El médico, que sólo hacía preguntas profesionales, se atrevió a preguntar a la monjita algo que lindaba en los terrenos de la poesía, y que podía quedar como la expresión de su última voluntad. Era esto:
—Monjita, ¿qué es lo que más te gustaría conocer del mundo de afuera?
Y ella contestó dulcemente:
—Un río.


Gonzalo Arango
Obra Negra
Buenos Aires, Ediciones Carlos Lohlé, 1974

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