martes, 28 de octubre de 2014

Eloy Pérez Benitez / Novelista perverso


Eloy Pérez Benitez
NOVELISTA PERVERSO

Siempre que deseaba acostarse con la esposa de su personaje, el escritor modificaba el relato, haciendo trabajar horas extras en la oficina al personaje.



lunes, 27 de octubre de 2014

Lucero López Malo / Amor al prójimo


Lucero López Malo
AMOR AL PRÓJIMO

Le fascinaban los niños, sobre todo negritos, lucían mejor en los frascos transparentes de su colección.



domingo, 26 de octubre de 2014

Jhon Agudelo García / Sonia lava la ropa




Jhon Agudelo García
Sonia lava la ropa

Los vecinos del primer piso oyen el agua caer por los tubos. Es la una de la madrugada. Sonia escurre la camisa y la cuelga en el cable del patio. Ahora se encarga del pantalón. Lo pone con cuidado sobre el lavadero de piedra y lo estrega con rabia. No quiere despertar a los niños. Remoja cada prenda con sutileza. Impidiendo que las gotas golpeen fuerte sobre el agua estancada. Sonia se avergüenza de la poca ropa que tiene su familia. Poca, desgastada, alguna rota. Sin embargo, prefiere extenderla en el patio de afuera y que los vecinos vean lo que le ofrece su marido, su vida de miseria. Es su marido quien la obliga a extenderla adentro, donde tarda más en secarse. Él sabe que así conserva su imagen exterior de buen padre. Para Sonia, su marido es un hijueputa que mil veces le ha prometido una lavadora. Cuando tiene el dinero, se desaparece varias noches y regresa con la ropa vuelta nada, oliendo a perfume de ramera. Sonia piensa en esto y empuña las medias y las desliza con violencia sobre las grietas del lavadero. Siguen manchadas. Las remoja con un poco de cloro y las vuelve a estregar. Ni los químicos estropean sus manos: los callos siguen intactos. Sólo le faltan los calzoncillos, salpicados con grumos amarillentos que Sonia no se atreve a mirar con detalle. Les lanza tres cocas de agua y les pasa cuatro veces la barra de jabón. Con una mano sostiene firme y con la otra frota con vehemencia. Las venas de los brazos le brotan como raíces. Suda. El sudor cae. Se mezcla con el agua sucia. Los escurre. Los levanta. A contraluz revisa que estén limpios. Los cuelga y se suelta el pelo. Se lo mece. Se abanica el cuello con un pedazo de cartón. El trabajo está casi terminado. Haciendo un gran esfuerzo, arrastra el cadáver unos centímetros. Ya sólo le falta limpiar el charco de sangre.


viernes, 24 de octubre de 2014

Jhon Agudelo García / Paranoia


Jhon Agudelo García
Paranoia

Tomé el bus de las 8:15. El horario me parece perfecto por dos cosas. Primera: ha pasado la hora pico, los conductores son más amables. Segunda: el bus va lleno pero no hay gente estorbando en el pasillo. Había una silla disponible pero preferí mantenerme de pie soy de los que se ufanan de obtener sus cosas con méritos propios. Quien sí tomó asiento fue un joven bajo, moreno y flaco, de ojos verdes y cejas espesas. Vestía ropa de marca y portaba un escapulario como cadena. Inmediatamente pensé en la descripción que hizo Vallejo de los sicarios. Mi siguiente reacción fue alejarme. Me desplacé dos posiciones en horizontal, quedando ubicado bajo la escotilla principal. Era septiembre, temporada de lluvias; las personas habían guardado las cometas para desempolvar sus suntuosas chaquetas, sus bufandas, gabanes, botas de cuero. Definitivamente me gusta septiembre, la gente viste más elegante. Pero no me gusta que me den órdenes. “¿Perdón?”. “Que cierre la escotilla”, repitió el viejo, “¿no ve que nos estamos mojando?”. Entiendo que esté desesperado, pero ni siquiera me pidió el favor, pensé. Y, mientras pensaba, las gotas seguían colándose al interior del vehículo. El viejo introdujo sus manos en los bolsillos internos de la chaqueta, como si fuera a sacar un arma. Retrocedí. Luego el viejo encogió sus hombros, ocultando su cabeza, como cualquier tortuga en peligro. No estaba armado, sólo quería resguardarse del frío, y su escasa altura no le bastaba para cerrar la escotilla. Lo vi tan indefenso que cedí. Ya con la escotilla cerrada, el bus continuó su recorrido en silencio. Me agaché un poco y, a través de una ventana empañada, vi por dónde íbamos: hacía mucho habíamos cruzado el retén y por pensar tantas tonterías no me había percatado. Saqué mi revólver y me hice lo del día.



miércoles, 22 de octubre de 2014

Ambrose Bierce / La viuda inconsolable




Ambrose Bierce
LA VIUDA INCONSOLABLE

Una mujer con gasas de luto lloraba sobre una tumba…
—Consuélese, señora —dijo un simpático forastero–. La misericordia del cielo es infinita. Habrá otro hombre, en alguna parte, además de su marido, que todavía puede hacerla feliz.
—Había —sollozó la mujer—, había, pero ésta es su tumba.

lunes, 20 de octubre de 2014

Ambrose Bierce / Los dos políticos



Ambrose Bierce
Los dos políticos 

Dos Políticos cambiaban ideas acerca de las recompensas por el servicio público.

–La recompensa que yo más deseo –di­jo el Primer Político– es la gratitud de mis conciudadanos.

–Eso sería muy gratificante, sin duda –dijo el Segundo Político–, pero es una lástima que con el fin de obtenerla tenga uno que retirarse de la política.

Por un instante se miraron uno al otro, con inexpresable ternura; luego, el Primer Político murmuró:

–¡Que se haga la voluntad del Señor! Ya que no podemos esperar una recompensa, démonos por satisfechos con lo que tenemos.

Y sacando las manos por un momento del tesoro público, juraron darse por satisfechos.


 Biografía de Ambrose Bierce


sábado, 18 de octubre de 2014

Ambrose Bierce / El puro perro


Ambrose Bierce
El puro perro 
 
Un León, viendo a un Perro de Lanas, estalló en carcajadas ante lo ridículo del espectáculo.

–¿Quién vio alguna vez una bestia tan pequeña? –dijo.

–Es muy cierto –dijo el Perro de La­nas, con austera dignidad– que soy pe­queño; pero le ruego que tome nota, señor, de que soy puro perro.

jueves, 16 de octubre de 2014

Ambrose Bierce / El hombre que no tenía enemigos



Ambrose Bierce
El hombre que no tenía enemigos 
 
Una Persona Inofensiva que paseaba por un lugar público, fue atacada por un Desconocido, con un Garrote, y severa­mente golpeada.

Cuando el Desconocido con un Garro­te fue sometido a juicio, su víctima dijo al Juez:

–Ignoro por qué me atacó; no tengo un enemigo en el mundo.

–Esa –dijo el acusado– es la razón por la que lo golpeé.

–El prisionero queda absuelto –dijo el juez–; un hombre que no tiene enemigos, no tiene amigos. Los tribunales no se hi­cieron para esta gente.




Biografía de Ambrose Bierce



martes, 14 de octubre de 2014

Ambrose Bierce / El secreto de la felicidad


Ambrose Bierce
EL SECRETO DE LA FELICIDAD

Habiéndose enterado por obra de un ángel, que Noreddin Becar era el hombre más feliz del mundo, el Sultán ordenó que lo trajeran a palacio, y le dijo:

–Impárteme, te lo ordeno, el secreto de tu felicidad.

–Oh, padre del sol y de la luna –res­pondió Noreddin Becar–, yo no sabía que era feliz.

–Ese –dijo el Sultán– es el secreto que yo buscaba.

Noreddin Becar se retiró profundamen­te afligido, temiendo que su recién descubierta felicidad lo abandonara.


Biografía de Ambrose Bierce



viernes, 10 de octubre de 2014

Anónimo / La grulla y el cormorán


Anónimo
LA GRULLA Y EL CORMORÁN

Erase una vez una Grulla Damisela de un poco más de un metro setenta de altura que después de viajar durante mucho tiempo y haber recorrido muchos cielos, decidió construir su nido en una playa de arena blanca.
No tenía ningún plan para pasar el invierno. Es más, no tenía ningún plan para pasar esa primera noche. Decidió buscarse amigos y salió a la gran ciudad. Se metió en antros cada vez más siniestros y conoció a gente cada vez más triste. Se emborrachó con Profesores de Latín, Cantantes de Opera, Jugadores de Póquer y bailó con un Cuervo disfrazado de Cisne. Con ese último voló la primera noche. Y las siguientes también.
Empezó una nueva vida para nuestra amiga la Grulla. Una vida llena de risas y caricias al principio, luego repleta de gritos y violencia. El bonito animal ingenuo y locamente risueño se convirtió en una especie temerosa y amargada. Se le fue el brillo del pelaje y el dulce timbre de la voz. Una suave tarde de primavera, la Grulla, sin pensárselo, porque pensar le asustaba, preparó el equipaje y se marchó del nido.
Otra nueva vida empezó para nuestra amiga la Grulla. Una vida de trabajo hacía fuera y hacía dentro. Una etapa de curar heridas y afrontar miedos. Llegó el verano y con él las ganas de volar. Luego apareció el otoño y las fuerzas del destino.
Una noche de Noviembre se cepilló las plumas durante horas y se fue al encuentro de un Cormorán Gris con quién había hablado por la vías de navegación. Fue un impacto tierno y prometedor pero la Grulla todavía llevaba las cicatrices de su anterior aterrizaje y no quiso volar con el Cormorán. Sin embargo, este, que no tenía ni idea de lo que le pasaba a la Grulla, insistió durante semanas, las semanas del duro invierno. Más se congelaban el cielo y la tierra, más se calentaba el corazón de la Grulla a cada visita del Cormorán. Hasta que una noche de luz llena, la Grulla agarró el Cormorán por el cuello y le dijo de llevarla allí arriba, donde las Estrellas le hacen cosquillas a la Luna.
A veces, las noches de Luna llena y Estrellas juguetonas, levanto la vista y recuerdo el primer vuelo de la Grulla Damisela junto al Cormorán Gris. Y me siento bien.



lunes, 6 de octubre de 2014

Anónimo / El vendedor de lanzas y escudos


Anónimo
El vendedor de lanzas y escudos

Un brevísimo cuento chino:
En el Reino de Chu vivía un hombre que vendía lanzas y escudos.
─Mis escudos son tan sólidos que nada puede traspasarlos ─se jactaba─. Mis lanzas son tan agudas que nada hay que no puedan penetrar.
─¿Qué pasa si una de tus lanzas choca con uno de tus escudos? ─preguntó alguien.
El vendedor no supo qué contestar.




sábado, 4 de octubre de 2014

Anónimo / El espejo


Anónimo

Un campesino chino se fue a la ciudad para vender la cosecha de arroz y su mujer le pidió que no se olvidase de traerle un peine.
Después de vender su arroz en la ciudad, el campesino se reunió con unos compañeros, y bebieron y lo celebraron largamente. Después, un poco confuso, en el momento de regresar, se acordó de que su mujer le había pedido algo, pero ¿qué era? No lo podía recordar. Entonces compró en una tienda para mujeres lo primero que le llamó la atención: un espejo. Y regresó al pueblo.
Entregó el regalo a su mujer y se marchó a trabajar sus campos.
La mujer se miró en el espejo y comenzó a llorar desconsoladamente.
La madre le preguntó la razón de aquellas lágrimas.
La mujer le dio el espejo y le dijo:
—Mi marido ha traído a otra mujer, joven y hermosa.
La madre cogió el espejo, lo miró y le dijo a su hija:
—No tienes de qué preocuparte, es una vieja.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Anónimo / El pez

Pez de Párraga, 1968
José María Párraga
Anónimo japonés del siglo VI
EL PEZ

Hanako, una joven bella, aunque atolondrada, tenía un amante escrupuloso y pulcro que gustaba de hacer el amor con guantes. Antes de tocarla, el hombre vigilaba personalmente su baño y exigía que ella se fregara con piedra pómez de pies a cabeza, se depilara hasta el último vello y enjabonara cuanto pliegue y orificio había en su esbelto cuerpo, todo esto sin una palabra de afecto o de aprecio por sus encantos. Ahora bien, en el jardín de Hanako había un estanque donde todavía nadaba una carpa enorme y venerable. A pesar de sus cuarenta años de existencia, el viejo pez no tenia ninguna de las mañas del meticuloso enamorado de Hanako, por el contrario, era fuerte como un atleta y lleno de consideración, como deben ser los buenos amantes. No es raro, por lo mismo, que ella lo prefiriera como compañero.
La joven solía sentarse a la orilla del agua y al llamarlo por su nombre él subía a la superficie a jugar con ella. Una noche, después de recibir las higiénicas caricias del hombre con guantes, salió al jardín y se echó a la orilla del estanque a llorar. Atraído por los sollozos, el gigante subió del fondo y acercándose a la mano lánguida que tocaba apenas el agua, le chupó uno a uno los dedos con sus fuertes labios. Hanako sintió que su piel se erizaba y una sensualidad desconocida la recorría entera, sacudiéndola hasta la esencia misma de su ser. Dejó caer un pie al agua y el pez besó también cada dedo con la misma dedicación, y luego la otra mano y el otro pie, y enseguida ella puso las piernas en el estanque y la carpa frotó las escamas de plata de su vientre contra la piel de la muchacha. Hanako comprendió la invitación y se dejó caer en el barro del estanque, abierta y blanca como una flor de loto, mientras el atrevido pez rondaba en torno a ella acariciándola y besándola y obligándola a abrir las piernas y entregarse a sus caricias. El pez le soplaba chorros de agua por las partes más sensibles y así, poco a poco, fue ganando terreno y conduciéndola por las rutas del placer más sublime, un placer que Hanako no había tenido jamás en brazos de hombre alguno y menos, por supuesto, del amante enguantado.
Más tarde ambos reposaron flotando contentos en el barro del estanque bajo el escrutinio de las estrellas.