viernes, 30 de marzo de 2012

Almudena Guzmán / De un día para otro


Almudena Guzmán
DE UN DÍA PARA OTRO

De un día para otro
te conviertes en Gregorio Samsa.

Sólo te saludan las cucarachas como tú.

Las botas crujen cada vez más cerca.


Almudena Guzmán
Zonas comunes
Visor, Madrid, 2011, página 17





jueves, 29 de marzo de 2012

Guillermo Sampeiro / Silencia


Guillermo Sampeiro
SILENCIA

Qué pasó con usted. Por qué tan silencia. Tan sin ninguna palabra. Como si la iguana le hubiera comido la voz. Como si le hubieran puesto algodones en el esófago. Como si mis manos le estuvieran apretando el cuello. Como si le pusieran sobre la cara una almohada. Como si la fuéramos a enterrar mañana.




lunes, 26 de marzo de 2012

Carlos Drummond de Andrade / Cuadrilla


Carlos Drummond de Andrade
CUADRILLA

Juan amaba a Teresa que amaba a Raimundo
que amaba a María que amaba a Joaquín que amaba a Lili
que no amaba a nadie.
Juan se fue a los Estados Unidos, Teresa entró a un convento,
Raimundo murió en un desastre, María se quedó soltera,
Joaquín se suicidó y Lili se casó con J. Pinto Fernández
que no había entrado en la historia.




viernes, 23 de marzo de 2012

José María Merino / Ecosistema


José María Merino
ECOSISTEMA

El día de mi cumpleaños, mi sobrina me regaló un bonsái y un libro de instrucciones para cuidarlo. Coloqué el bonsái en la galería, con los demás tiestos, y conseguí que floreciese. En otoño aparecieron entre la tierra unos diminutos insectos blancos, pero no parecían perjudicar al bonsái. En primavera, una mañana, a la hora de regar, me pareció vislumbrar algo que revoloteaba entre las hojitas. Con paciencia y una lupa, acabé descubriendo que se trataba de un pájaro minúsculo. En poco tiempo el bonsái se llenó de pájaros, que se alimentaban de los insectos. A finales de verano, escondida cutre las raíces del bonsái, encontré una mujercita desnuda. Espián­dola con sigilo, supe que comía los huevos de los nidos. Ahora ­vivo con ella, y hemos ideado el modo de cazar a los pájaros­. Al parecer, nadie en casa sabe dónde estoy. Mi sobrina, muy triste por mi ausencia, cuida mis plantas como un homenaje ­al desaparecido. En uno de los otros tiestos, a lo lejos, me ha parecido ver la figura de un mamut.





jueves, 22 de marzo de 2012

José María Merino / Rebajas


José María Merino
REBAJAS

Lleva muchos años trabajando en esos grandes almacenes, y ha ascendido ya a la jefatura de una sección.
Las fechas previas a las vacaciones son para todos los empleados un tiempo agobiante, acaso el más duro del año, pues les obliga a un esfuerzo mayor de lo habitual frente a los innumerables compradores. Las ventas ordinarias rematan con las ventas de rebajas, tras una jornada agotadora en que debe cambiarse el orden de los artículos, y sus precios.
Él vive los días de rebajas con una intuición de pesadilla ante esa aglomeración de gente a la que mueve un afán que parece angustioso, significativo acaso de una búsqueda que va mucho más allá del precio favorable o de la ganga.
Tal sensación de mal sueño surgió en él muchos años antes, pero hace solamente dos que se hizo más intensa, con la aparición de la Vieja Pálida, una anciana flaca, vestida con una gabardina pasada de moda, las manos en los bolsillos, el rostro lleno de arrugas, desvaído y cremoso el color de sus iris, una pañoleta oscura cubriendo sus cabellos. Era inevitable verla deambular con su andar lento entre los ansiosos clientes, ajena al bullicio, como si hubiese entrado allí por casualidad.
El segundo año, el primer día de rebajas, cuando volvió a aparecer la Vieja Pálida, él la recordó claramente, y su impresión de estar soñando se hizo más aguda ante el aspecto fantasmal de la anciana, que de nuevo recorría los pasillos con lentitud, entre el ajetreo y el nerviosismo de los buscadores de chollos, sin alterar su gesto severo ni su ademán hierático.
En aquella ocasión ya no pudo olvidarla, y la figura de la Vieja Pálida se convirtió en una referencia de las rebajas, una aparición que ponía una nota lúgubre en el entusiasmo consumista.
Esta vez, tras abrirse las puertas de los almacenes, ha penetrado la tromba agitada de la muchedumbre, y la Vieja Pálida está de nuevo ahí, vestida con su gabardina arcaica, las manos ocultas en los bolsillos y los ojillos adolecidos de una blancura triste.
Pero esta vez él se decide, venciendo su resistencia, y se acerca a la anciana. «¿Está usted buscando alguna cosa?», pregunta, y la anciana, con voz exhausta y chirriante, que parece provenir del lugar donde el tiempo no existe, responde: «Te estoy buscando a ti.»



José María Merino
Días imaginarios
Seix barral, Barcelona, 2002, pp, 33-34.




miércoles, 21 de marzo de 2012

Gustavo Masso / La punta de la madeja


Gustavo Masso
LA PUNTA DE LA MADEJA

Cuando ella descubrió su primera cana quiso arrancarla de un tirón, pero como el odioso pelo blanco se prolongaba, jaló y jaló, mientras su cuerpo se destejía, hasta que sólo quedó una niña llorando asustada.




martes, 20 de marzo de 2012

Juan Pedro Aparicio / El presentimiento


Juan Pedro Aparicio
EL PRESENTIMIENTO

La familia rodeaba al moribundo.
El moribundo habló con lentitud:
—Siempre creí que yo no viviría mucho.
Los niños clavaban en él sus conmovidos ojos. El moribundo continuó tras un suspiro:
—Siempre tuve el presentimiento de que me iba a morir muy pronto.
            El reloj del comedor tocó la media y el moribundo tragó saliva.
—Luego, a medida que he ido viviendo, llegué a creer que mi presentimiento era falso.
El moribundo concluyó juntando las manos:
—Ahora, ya veis: con ochenta y seis años bien cumpli­dos comprendo que ese presentimiento ha sido la mayor ver­dad de mi vida.



lunes, 19 de marzo de 2012

Juan José Millás / El móvil

Fotografía de Man Ray

Juan José Millás
EL MÓVIL

   El tipo que desayunaba a mi lado, en el bar, olvidó un teléfono móvil debajo de la barra. Corrí tras él, pero cuando alcancé la calle había desaparecido. Di un par de vueltas con el aparato en la mano por los alrededores y finalmente lo guardé en el bolsillo y me metí en el autobús. A la altura de la calle Cartagena comenzó a sonar. Por mi gusto no habría descolgado, pero la gente me miraba, así que lo saqué con naturalidad y atendí la llamada. Una voz de mujer, al otro lado, preguntó: "¿Dónde estás?". "En el autobús", dije. "¿En el autobús? ¿Y qué haces en el autobús?". "Voy a la oficina". La mujer se echó a llorar, como si le hubiera dicho algo horrible y colgó. Guardé el aparato en el bolsillo de la chaqueta y perdí la mirada en el vacío. A la altura de María de Molina con Velázquez volvió a sonar. Era de nuevo la mujer. Aún lloraba. "Seguirás en el autobús, ¿no?", dijo con voz incrédula. "Sí", respondí. Imaginé que hablaba desde una cama con las sábanas negras, de seda, y que ella vestía un camisón blanco, con encajes. Al enjugarse las lágrimas se le deslizó el tirante del hombro derecho, y yo me excité mucho sin que nadie se diera cuenta. Una mujer tosió a mi lado. "¿Con quién estás?", preguntó angustiada. "Con nadie", dije. "¿Y esa tos?". "Es de una pasajera del autobús". Tras unos segundos añadió con voz firma: "Me voy a suicidar; si no me das alguna esperanza me mato ahora mismo". Miré a mi alrededor; todo el mundo estaba pendiente de mí, así que no sabía qué hacer. "Te quiero", dije, y colgué. Dos calles más allá sonó otra vez: "¿Eres tú el imbécil que anda jugando con mi móvil?", preguntó una voz masculina. "Sí", dije tragando saliva. "¿Me lo vas a devolver?" "No", respondí. Al poco lo dejaron sin línea, pero yo lo llevo siempre en el bolsillo por si ella volviera a telefonear.



sábado, 17 de marzo de 2012

Lafcadio Hearn / El padre y el hijo


Lafcadio Hearn
EL PADRE Y EL HIJO

En un pueblo de la provincia de Izumo vivía un campesino tan pobre que cada vez que su mujer daba a luz a un hijo, lo arrojaba al río.
Seis veces renovó el sacrificio. Al séptimo alumbramiento, se consideró ya suficientemente rico como para conservar al niño y educarlo.
Poco a poco, con gran sorpresa suya, fue encariñándose con el pequeño.
Una noche de verano se encaminó a su jardín con el infante en brazos. Este tenía cinco meses.
          La noche, iluminada por una luna inmensa, era tan resplandeciente que el campesino exclamó:
          -¡Ah, qué noche tan maravillosamente hermosa!
Entonces el niño, mirándolo fijamente y expresándose como persona mayor dijo:
         -¡Padre, la última vez que me arrojaste al agua, la noche era tan hermosa como esta, y la luna nos miraba como ahora!




miércoles, 14 de marzo de 2012

Slawomir Mrozek / Un héroe


Slawomir Mrozek
UN HÉROE

Un buen día, paseando por la orilla de un río vi de pronto a un boy-scout que se estaba ahogando. Conozco el lugar, no es profundo, así que decidí salvarlo en cuanto se reuniera un poco más de público. Me senté en un banco a esperar. El boy-scout gritaba de lo lindo, por lo que al cabo de poco se congregó en la orilla un nutrido grupo de gente. Esperé un poco más para que el público estuviera al completo, entonces me levanté, me acerqué al agua y animado por los gritos de admiración me puse a quitarme lentamente el zapato izquierdo. El público me aplaudió. Estaba ya en calcetines cuando me di cuenta de que un sinvergüenza también se disponía a desnudarse. Me puse furioso.
–Yo estaba aquí primero –le dije.
Y él me contestó:
–¿Es tuyo el boy-scout o qué? –y se puso a quitarse el chaleco.
–¡Tiene razón! –se dejaron oír unas voces entre el público–. ¡El boy-scout es de todos!
–Deja esos pantalones –le dije–. Tú aún no estabas en este mundo cuando yo ya salvaba boy-scouts.
–Habrás salvado a tu abuela –me contestó en un tono insultante.
–Y tú a tu tía. Vete a hacer puñetas y deja en paz al boy-scout.
El público iba en aumento. Unos estaban de mi parte, otros decían que todo el mundo tiene derecho a salvar boy-scouts. Vi que las cosas se complicaban y que todo dependía de quién se desnudase primero. Aunque él había comenzado más tarde, como llevaba cremallera me alcanzó. Le gané sólo al llegar a los calzoncillos. Al ver que perdía su oportunidad quiso saltar al agua tal como estaba, en ropa interior. Se me encendió la sangre y le eché la zancadilla. ¡Por hacerse el héroe! No sé qué pasó con el boy-scout porque a nosotros nos llevaron a urgencias. Yo le disloqué un brazo y él me rompió unos dientes.
Salvar a los que se ahogan requiere valor y sacrificio. 




domingo, 11 de marzo de 2012

Edgar Allan García / La adivina

Edgar Allan García
LA ADIVINA

La adivina de moda asegura en el programa de radio de la mañana: se viene un terremoto. Sin pensarlo dos veces, corre a meter la ropa en una mochila, así como enlatados, agua y medicinas en una bolsa grande, luego llama a su madre para avisarle lo que está a punto de suceder y busca a su marido para decirle que lo espera en el parque del barrio. Lo siento, le dicen en la compañía, él no trabaja aquí hace más de tres meses. Lo llama al celular, algo que desde hace tiempo no hace porque le ha dicho que le molesta, y le contesta una mujer con voz de recién despertada. Al fondo, se escucha la voz de su marido que grita corazón, te espero en la ducha. Se sienta anonadada en el sillón de la sala y siente que el mundo se mueve como un barco a su alrededor.




jueves, 8 de marzo de 2012

Juan Manuel Roca / El baño de los políticos


Juan Manuel Roca
EL BAÑO DE LOS POLÍTICOS

El baño de azulejos tiene un espejo gigante, un aguamanil y jabones de nardo donados por la jabonería Pilatos. Políticos de todos los rincones lo visitan. Con qué delicadeza lavan sus máscaras antes de lavarse la cara.


Juan Manuel Roca
“Museo de los políticos”
Testamentos
Colección Las Ofrendas, Escuela de Estudios Literarios
Bogotá, Grupo Editorial Norma, 2008.




domingo, 4 de marzo de 2012

Juan Manuel Roca / Yerros


Juan Manuel Roca
YERROS

Los generales y sus tropas ostentan sus cruces, sus condecoraciones, cada una por alguno de sus yerros.



Juan Manuel Roca
“Museo de cera”
Fantasmario
Colección Las Ofrendas, Escuela de Estudios Literarios
Cali, Universidad del Valle, 2011.




jueves, 1 de marzo de 2012

Juan Manuel Roca / Estatuas milagrosas

Estatua y niebla
Puerto Madero, Buenos Aires, 2008
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Juan Manuel Roca
ESTATUAS MILAGROSAS

1

Algunos guardias dicen que tras el vendaje de la niebla la estatua del general San Martín se baja al menor descuido del caballo, se despereza, arroja al aire su tricornio y pisotea un racimo de banderas.

2

La estatua de hielo adelgaza en el verano, languidece y se deshace en lágrimas bajo el sol del cementerio.

3

La estatua de pan desaparece picoteada por pájaros madrugadores, simula regresar de las miserias de la guerra.


Juan Manuel Roca
“Las estatuas milagrosas”
Fantasmario
Colección Las Ofrendas, Escuela de Estudios Literarios
Cali, Universidad del Valle, 2011.